En 1789, Carlos V otorgo a Pedro José Pérez Valiente un titulo nobiliario. Casi un siglo después, encontramos en Ciudad Real a uno de sus descendientes, el conde de Casavaliente, un terrateniente de los de antaño convertido en el mayor propietario de toda la provincia. Entre las lista de sus bienes no solo figuraba la finca que hoy es Casa de la Viña, sino varios montes aledaños y otros pagos cercanos hasta sumar un pequeño reino de 10.000 hectáreas de tierras.
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La actual edificación que da cobijo a las instalaciones de la bodega data también del siglo pasado; es una antigua casa de campo de planta extendida, dos alturas y paredes encaladas, con su ala señorial ocupada por salones, hoy reconvertidos en oficinas y sala de cata, y 15 dormitorios en el piso superior. Tiene acceso directo a una pequeña ermita para uso de la familia, cuyo exterior, austero y blanco, recuerda la simplicidad de las iglesias mexicanas y contrasta con la figura de un antiguo depósito de agua en forma de estilizada torrecilla enladrillada.
La huella del pasado ha dejado en la vivienda el escudo de los Casavaliente, varias lámparas de reminiscencias medievales, algunos enrejados de la época y las recias puertas de madera decoradas con apliques de hierro, típicas de la región.
Hay un pequeño pórtico de entrada, convertido en una arcada de ladrillo de líneas suaves, parcialmente oculto por la sonrisa de un olmo viejo, que ha ondulado el empedrado con la fuerza de sus raíces y ha formado una mancha de resina en el suelo, bajo una de sus ramas. En un pequeño granero cercano pueden contemplarse 16 tinajas de tierra cocida, antiguos depósitos de conservación del vino, estrechados en su parte inferior para recoger las materias sólidas acumuladas con el paso del tiempo.
El gran patio interior, rodeado de antiguos establos, aparece hoy vacío y ajeno al barullo que se organizaría en otros tiempos, al alboroto del ganado y a la presencia de los jornaleros. Fuera de los limites de la casa, se entra en campo abierto, la figura humana desaparece y solo se aprecia la huella de su trabajo en la gran extensión de tierras sembradas, kilómetros de cultivos que transforman el panorama en una inmensa huerta de vides, lino y leguminosas.
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